Yo soy el rey de Cuba. Dice contestando a mi sonrisa. Lo que
pasa es que no tengo ni palacio, ni corona… ni nada. Me rio. Yo soy la reina de
la India. Me hace una reverencia, alaba mi sonrisa y pregunta qué estudio.
Sorprendida le contesto y recibo un piropo y un “te pega”. Quiere que le
dedique a él mi primera entrada. Él hizo computadores, que no ordenadores, no.
Un computador computa, nada de ordenar. Y teclea en el aire medio bailando. Va
a ver a una amiga especial, su familia esta allá, me dice, y lleva diez años
sin pisar su tierra. Problemas en el amor no tienes eh, le sonrio. Cuando
estaba en bachiller, confiesa muy serio, le decía a las chicas que debían
arrancarse el corazón, tirarlo al suelo y aplastarlo con el pie, una y otra vez
y con mucha fuerza… para después recogerlo con una espátula y volvérselo a
coser. Por qué, pregunto quizá demasiado ingenua. Porque así nadie podrá volver
a pisotearlo.
Él es rey de Cuba, y no solo por su traje blanco, su
sombrero de feria y sus gafas doradas. Él es el rey de Cuba porque en su
sonrisa cabe toda Latinoamérica.